Relatos · Estado de excepción
Tu muerte ahora
Ahora sabemos qué clase de persona eres. Está bien, es lo que hay, qué le vamos a hacer si no das para más. Nos habría gustado que te presentases voluntario para el sacrificio, que te hubieras postulado como mártir para entregar tu vida a cambio de otras vidas; pero tú no eres un héroe, mucho menos un mártir. Tú solo te llamas Julio Areces y es verdad que temer es muy humano, hay que aceptarlo, el ser humano es cagón por naturaleza y cuesta mucho mantener la calma cuando una condena a muerte se baraja en un sótano rectangular, nunca has jugado a los naipes y aún no conoces las reglas, si es que hay reglas. Tu nombre es Julio, respondes, no comprendes para qué te lo pregunta la mujer de enfrente, pero has contestado Julio y ahora le devuelves la formalidad, ¿cuál el tuyo?, ¿y tú cómo? No te paras a organizar las palabras, el pensamiento, algo de eso debes de haber dicho, aunque tú solo quieres averiguar lo que nada más los secuestradores conocemos y os tenemos reservado. Con más instinto que esperanza, indagas, ¿recuerdas tú cómo has llegado al sótano? Preguntas a Daniela Prieto si también ella sintió un golpe en el cráneo, después nada; pero la mujer perdió el sentido tras un culatazo en la cabeza, igual que tú ignora por completo qué hace allí, quién la agredió, qué queremos de vosotros, hasta que de pronto dice que iba a recoger a Quique, ¡Dios!, exclama, ¡Quique está en la guardería!, y asistes a su desesperación. Respondes que las dos y media, Daniela te ha preguntado qué hora es, como si la hora importase o fuera un dato de utilidad, no es extraño que los rehenes mostréis esta clase de conductas bobas. Has mirado el reloj, tontamente te satisface llevar un rólex en tu muñeca, aunque luego oyes voces que matizan la hora exacta, las dos y treinta dos, las tres menos veinte, aunque el mío adelanta un poco, charlatanería nerviosa mientras lentamente vas tomando conciencia de que no estás solo en el sótano: te llamas Julio Areces y al menos no te han arrojado solo a este zulo con tatami azul y cojines estampados a lo largo del perímetro. Esos que miras son tus iguales, esas tres personas que miras están igual de aturdidas y asustadas que tú, Daniela acaba de presentársete, pero tú no recuerdas su nombre, ni siquiera te preguntas con apuro cómo se llamaba, no te incumbe, su nombre no te ayudará a escapar, simplemente tienes claro que sus cejas gruesas te disgustan. Prescindes de ella sin considerar que su temor por Quique la humaniza, de algún modo la embellece incluso, pero esas cejas gruesas no hacen juego con tu perilla, no combinan con tu rólex, qué le vamos a hacer si no das para más.
Ahora sabemos qué clase de persona eres. Antes no, porque llevabas una vida rutinaria y un secuestro no entra nunca en las expectativas de una ama de casa; pero ahora te preguntas por qué te hemos elegido a ti, ¿por qué yo?, tú no eres nadie en quien fijarse y aun así no te has librado, nadie vive al margen del azar, nadie está a salvo de que la casualidad lo escoja como víctima y se cebe contigo y te mande a un sótano rectangular del que tal vez tú no sobrevivas. Te llamas Daniela Prieto y ahora conocemos tu mayor temor, la angustia que te retrata: Quique es tu único hijo, Quique te espera en la guardería, nosotros también fuimos niños, no creas, no es que nuestras madres se olvidaran de nosotros en la guardería y nos convirtiésemos por culpa de sus retrasos en lo que ahora somos. Tú sí vas a llegar tarde, si es que llegas. Quique todavía es pequeño, aún no se ha convertido en delincuente, en secuestrador, tiempo al tiempo, nosotros queríamos ser bomberos o policías y ya ves, si está escrito no podrás evitar que tu propio hijo te asesine. Tu hijo está esperándote en la guardería y en cualquier momento romperá a llorar, ¿dónde estás, mami?, ¿cómo puedes ser tan fea? Admítelo, hace años que te abandonaste, la maternidad no es excusa para dejar de depilarse las cejas y tu hijo Quique no rompería a llorar en la guardería si lo acostumbraras a esperarte cinco minutos mientras te depilas. De todas formas, Quique también llorará si logras recogerlo a tiempo. Es probable que a él también le desagraden tus cejas gruesas, tal vez ese sea el motivo, puro azar, la razón aleatoria de que hayamos decidido secuestrarte, ¿me puede decir la hora? Das las gracias a un tal Julio, no sabrías concretar por qué te ha causado mala impresión, pero no es momento para imaginarte a tu hijo desconsolado, no lo soportarías, ahora lo único importante es desviar la mirada de ese pijo con perilla y rólex, lo fundamental es escorar la vista hacia la izquierda y darte de bruces contra esa mujer encinta, mala suerte, ella apenas tiene cejas. Nos habría gustado que te presentases voluntaria para el sacrificio. Por lo menos, que no hubieses dado por supuesto que tu vida vale más que la del resto simplemente por ser madre. La mujer hacia la que has escorado la vista está embarazada de cinco o seis o siete meses, no sabrías calcularlo, pero es obvio que su tripa indica una preñez avanzada, yo también voy a ser madre, te replica, tengo el mismo derecho que tú a salir con vida de este sótano. Pero no. Esto aún no ha sucedido. Todavía no os hemos hablado ni habéis empezado el juego, estamos anticipando hechos, la mujer embarazada aún no se ha encarado contigo, todavía no ha defendido su derecho a sobrevivir a tu costa, eso llegará más tarde, aceptamos apuestas, de momento solo te llamas Daniela Prieto y ves que la otra mujer está tirando del mango de una puerta, ¿no se abre? Le preguntas si la única puerta del sótano tiene el cerrojo echado y cuando la mujer embarazada asiente, te entra un delirio infantil, déjame a mí, le dices. Estás viendo que la puerta está cerrada, pero ridículamente intentas abrirla tú, qué le vamos a hacer si no das para más y a menudo nos enorgullecemos de las cosas más absurdas, ¿a qué piso va? Estás sepultada en un sótano, pero cómo quisieras hallarte en un ascensor, desde pequeña has peleado por apretar el botón del séptimo en los ascensores, luego te haces mayor, aprendes a ceder el privilegio ante desconocidos, pero en el fondo sigues creyendo que nadie presiona el botón mejor que tú, nadie como tú para tirar de los mangos de las puertas, si lo intentas tú, has pensado, el cerrojo cederá, disculpa si nos reímos de ti, Daniela, no nos digas que no es para troncharse. Aunque tú no, tú permaneces firme, no te tronchas ni quiebras ni doblas aún el espinazo, quizá tu hijo esté llorando en la guardería a moco tendido y eso te mantiene en pie, qué berrinche, examinas las paredes del sótano en busca de ventanas o rejillas o respiraderos e intentas no perder los nervios, ¡qué ridícula eres!, a nosotros no nos engañas, ahí no hay más que un juego de altavoces encastrados y seguro que ya has pensado cuánto durará el aire de un sótano para cuatro personas que respiran agitadamente. Imposible, no hay salida, solo encuentras un maldito juego de altavoces encastrados y, cuando sepáis las reglas, a ti no te elegirán nunca para salvarte, olvídate, nadie te está viendo como la madre de Quique, solo ven tus cejas como cordilleras, te llamas Daniela y qué le vamos a hacer si la belleza no va a ser tu baza.
Ahora sabemos qué clase de persona eres. Sabemos, porque te hemos visto hacerlo, que has dejado a Daniela Prieto intentar abrir la puerta. Estás embarazada de cinco o seis o siete meses y también presencias cómo Julio confía en su estúpido toque mágico, un niñato, la puerta está cerrada a cal y canto y no se trata de lucir o no lucir un rólex, algunas cosas no pueden comprarse, pero tú por suerte llevas contigo tu mayor tesoro. Te llamas Ainhoa Colomer. Has guardado silencio. Has recostado la espalda contra una pared, la has hecho resbalar hasta tomar asiento sobre un cojín de franjas naranjas y amarillas, ¿se encuentra bien?, has oído. Un señor mayor se ha interesado por ti, ¿se marea?, pero Ainhoa Colomer está bien, gracias, solo te sientes un poco cansada con la ranita esa dándote patadas todo el tiempo, te notas tan pesada que estás deseando soltarla ya. Has llamado ranita a tu hijo, a tu hijo, exacto, porque va a ser un varón, qué bárbaro, las patadas que pega, y ya casi no comprendes que al principio prefirieras que fuese niña, yo quería una hija, pero de eso hace seis meses, seis siglos, enseguida me hice a la idea de que al final sería un varón y, en cualquier caso, no siempre se consigue lo que se quiere, ¿no es verdad?, ¿acaso no querías que su padre se responsabilizara de tu hijo? Julio o Daniela o Ainhoa, tanto monta monta tanto, está claro que los nombres son irrelevantes, solo los apellidos nos marcan, lo que importa es asumir que el padre no va a darle un apellido a tu ranita, confiesas, qué sinvergüenza, el anciano te pregunta si necesitas otro cojín, ¿le acerco otro cojín?, qué se le va a hacer si el anciano no da para más, ¿vas a negarlo? Eres consciente de tu poder sobre los hombres. Siempre te echas unas gotas de Euphoria detrás de las orejas y en las muñecas, vimos el frasco en tu bolso, te aseguro que tiene feromonas, los hombres caerán rendidos a tus pies, te lo diría la vendedora. Pero el padre de tu hijo no huele tus feromonas, solo huele su miedo a ser padre, ha volado y ahora estás contándoles tu vida a unos desconocidos que se han cansado de intentar abrir la puerta. Quizá se arrepienta, dice el anciano, tal vez al final su novio termine suplicándole que lo perdone, eso te dice. Julio se acaricia el rólex y añade (pero no te mira) que la esperanza es lo último que se pierde. No nos queda otra, respondes, y todavía sientes ganas de sonreír. O quizá no, Ainhoa, quizá no te apetezca, pero ya estás manejando tu ventaja, sabes de sobra que tu sonrisa es una de tus mejores armas, siempre te ha dado poder. Oyes que Daniela rompe a llorar, oyes que Julio dice llorando no se arregla nada y ahora sí te observa de reojo, lo sorprendes, le ves retirar la vista y en ningún momento se atreve a sostenerte la mirada, qué te vamos a contar que tú no sepas, estás acostumbrada a que los hombres te observen y retiren la mirada, se acobarden. Desprecias a Julio. Te acomodas el cojín detrás de la espalda, pero quizá te has dado mucha prisa en despreciarlo porque en el último instante te ha parecido distinguir una veta de envidia en su mirada, una veta de tristeza en su mirada, no solo lujuria en su mirada. Y de pronto te aterra formularte la pregunta de si serías capaz de follar con un pijo con perilla si te anunciaran que dentro de media hora se te va a acabar el mundo. Porque el mundo va a acabarse, Ainhoa. Pensabais que el juicio final se aplazaría eternamente, pero os ha llegado, señores, uno de los cuatro morirá esta tarde. Habíais inspeccionado el sótano en busca de respiraderos y ahora os sorprenden nuestras instrucciones, ante todo sed bienvenidos, el sonido procede de los altavoces, habéis sido seleccionados, y encima cachondeo, podéis consideraros elegidos, calla, encima se ríen de nosotros, uno de los cuatro morirá al finalizar la prueba, ¿qué ha dicho?, ¡por favor!, ¡ay, mi Quique!, ¿quieres hacer el favor de callarte!, ¡esas no son maneras de hablarle a una señorita!, ¡señora y a mucha honra!, vosotros elegiréis quién de los cuatro perderá la vida, te llamas Ainhoa, eres cien veces más guapa que Daniela y sabes que ella necesita reclamar protagonismo. Daniela ha conseguido acaparar la atención unos instantes, pero solo disponéis de media hora para escoger quién es el sacrificado, repetimos, ¿cómo?, oyes preguntar a Julio, ¿con qué criterio?, oyes preguntar al anciano, el resto saldrá libre y algún día quizá hasta lo contéis como una aventura emocionante, ¿eso es todo? Eres bella, Ainhoa, las rubias también pueden ser listas y estás indiscutiblemente embarazada, todo son ventajas a priori, pero el padre de tu hijo te ha abandonado y eso te recuerda que no estás salvada, ni siquiera tú eres invulnerable, como todo quisque eres mortal y dentro de media hora puede que te cuentes entre las sombras, que te cuentes entre los difuntos, que te cuentes entre los que una vez fueron y murieron y se pudren olvidados para siempre, qué le vamos a hacer si no das para más.
Ahora sabemos qué clase de persona eres. Sabemos que a los viejos se les cae la baba, pero tú no babeas por incontinencia, tienes tu orgullo, podemos equivocarnos pero juraríamos que para ti las babas son un signo de virilidad. Lo tuyo es eyacular babas, allá los demás si eso les molesta, tú te deshaces en atenciones a Ainhoa y el día que dejes de salivar ante una mujer quizá estés mejor muerto que vivo, bastante tienes con no poder empalmarte. Tu nombre es Mario, por cierto, solo faltabas tú por presentarte, pero a ti no te han preguntado, a ti nadie te ha dado vela en este entierro que quizá termine siendo el tuyo, ya nadie consulta a los viejos, nadie se interesa por Mario Jiñón, no nos jodas, ¡anda, prueba tú también a abrir la puerta! Otro payaso. Otro Cantinflas, el mundo está lleno de nombres que empiezan por eme y uno menos no lo iba a notar ni Dios, ¿la puerta sigue cerrada? Los Marios y las Marías ya estomagan, solo los padres perezosos ponen nombres que empiezan por eme, ni siquiera tus padres se ocuparon de buscarte un nombre digno, en fin, al menos te dieron un apellido, Jiñón, no nos jodas, puestos a elegir la eme podían haberte llamado Mauricio, ocho letras, para tus padres fuiste un pasatiempo y ahora solo disponéis de media hora para decidir quién muere. A ti no te han querido ni tus padres, nunca te ha querido nadie y además ya estás viejo, ¿con qué valor defiendes tu supervivencia? Nos habría gustado que asumieses tu ruina, los bebés huelen a recién nacidos, también los viejos empezáis ya a oler a muerto, los viejos hedéis a cementerio con goteras, pero tú no te rindes, insistes, ¿con qué criterio vamos a decidir quién muere? Podrías utilizar un cojín, tú mismo le has acercado uno a Ainhoa, podrías asfixiarla con el cojín atigrado y ni siquiera tendrías que ver su cara de muerta. Mejor no. Preferimos que se os ocurran a vosotros las ideas y más vale que Daniela deje de preguntarse por qué la hemos secuestrado a ella, ¿por qué yo?, ¿por qué yo?, ¿por qué yo?, ¡será pesada!, disponéis de veintiocho minutos y el tiempo ha empezado a correr, claváis los ojos en los altavoces y más vale que no te enzarces en zaragatas de macho alfa con Julio: si al finalizar la media hora no habéis escogido a una persona, moriréis los cuatro, ¿está claro?, Julio muerto, Daniela muerta, Ainhoa muerta y Mario más muerto que Carracuca. En tu caso no sería tan grave, reconócelo, hay cremas rejuvenecedoras que te dejan la cara del jueves pasado, como mucho retrasan el desenlace un par de días, son un timo pero da lo mismo, en tu caso la lucha contra el tiempo ya es inútil, si no es hoy será mañana, las corbatas de los viejos huelen a muerto, forman excelentes nudos para ahorcarse. Julio repite a Daniela llorando no vas a solucionar nada y tú sales de nuevo en su defensa, esas no son formas de hablarle a una señorita, ¡señora y a mucha honra!, Daniela se molesta contigo, es poco menos que idiota, las personas idiotas no deberían tener derecho a parir. Te arrepientes de exponerte por defender a una tonta como esa, ¿por qué yo?, ¿por qué yo?, ¿por qué yo?, el tiempo sigue corriendo, ¿cuántos minutos vais a desperdiciar pidiéndole explicaciones a la casualidad? Te llamas Mario, qué gran nombre, tus padres no emplearon ni un segundo en elegirlo y es verdad que ahora cualquier segundo es precioso, han pasado cinco minutos y lo único que se te ocurre es sortearlo a los chinos, que la suerte se responsabilice de quién muere. Podrías alegar en tu defensa que eres abuelo y adoras a tu nieta y tu nieta te adora a ti, pero nadie te ha pedido tu opinión, los viejos al ataúd y el vivo al bollo, lo único que se te ocurre es confiar tu futuro al azar, a los chinos, al tuntún, qué le vamos a hacer si no das para más.
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